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jueves, 20 de abril de 2006

Malas vibraciones en L.A. (Crash)

Fue la sorpresa relativa en los Oscars, pero hay que reconocer que Crash (2004) puede soportar sin demasiados problemas ser la mejor película de la pasada temporada en Estados Unidos. Puede incluso soportar el paso del tiempo y permanecer como un título que aporta su granito de arena al debate social sobre el racismo al estilo USA; pero también en lo que se refiere a la narración cinematográfica y a los buenos guiones. Nada que ver con Vidas cruzadas (1993) de Robert Altman, que es la película con la que se la suele comparar.

Crash es una película llena de efectos dramáticos, pero lo suficientemente integrados como para funcionar en el espectador a la perfección; transmitiendo la intensidad requerida en cada momento (y a la cual no es ajena en absoluto la banda sonora de Mark Isham, de la que recomiendo hacerse con una copia sin duda alguna). Esa intensidad se deduce también en cuanto se comprende cómo está montada la película: toda a base de primeros planos, sin prácticamente planos de situación o generales que oxigenen la historia ni permitan distancia alguna con los sucesos. Únicamente al final la cámara se eleva sobre la ciudad de Los Angeles, cuando ya ha mostrado todo lo que tenía que mostrar: la vida de una serie de personas que bascula sin continuidad entre la miseria y la grandeza; pero sin que ni ellos ni nosotros seamos capaces de distinguir una de otra. Las cosas no son o blancas o negras, o buenas o malas, todo esta mezclado; sólo cabe hablar del bien parcial y del mal limitado. Y es que todos los personajes que protagonizan Crash están parcialmente desquiciados, pero como Haggis se encarga de demostrar, no basta con aferrarse a las etiquetas, que es al fin y al cabo lo que trata de hacer el racismo; las cosas son un poco más complicadas de lo que la gente y cierto cine se empeñan en establecer. El personaje interpretado por Matt Dillon es el ejemplo más claro: su trabajo como policía le permite abusar de su autoridad con una pareja de negros acaudalados, pero también salvar vidas sin ser del todo consciente de que está aparcando sus prejuicios y su desprecio... Y luego padecer por las noches como cualquier hijo que ve a su padre resbalar por la pendiente imparable del deterioro físico.

Esa es la principal aportación de Crash: mostrar que a pesar de estar poblada por histéricos o lunáticos, eso no quita para que en algún momento cualquiera sea capaz de comportarse como un buen ciudadano y hasta como una buena persona. El problema está --o al menos a mí me lo parece-- en que esas "buenas acciones" que cometen no tienen consecuencia práctica o están abocadas al fracaso, porque son el producto de situaciones imprevistas o de reacciones de puro egoísmo. Nadie en Crash parece estar en su sano juicio, y sin embargo hay quien salva la vida gracias o a pesar de tener que tratar con auténticos desgraciados.

Crash traza un círculo narrativo alrededor de un día cualquiera en Los Angeles: terminando igual que empieza pero añadiendo nueva información a las imágenes ya contempladas. Al igual que en esos cuentos infantiles en los que cada página despliega un diorama, la película se cierra de forma impecablemente inversa, haciendo que todas las piezas encajen perfectamente en el momento de clausurar las tramas.
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