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sábado, 13 de septiembre de 2008

Bonito cine terapéutico (¡Mamma mia!)

Como a estas alturas todo el mundo sabe, el musical Mamma mia! fue escrito por Catherine Johnson tomando como base argumental las canciones más conocidas y exitosas de ABBA, las cuales ya eran --allá por 1999, año de su estreno en Londres-- un indiscutible éxito planetario. Quienes padezcan fobia, alergia, intolerancia, prejuicios (motivados o no) a las canciones del grupo sueco y/o, en términos generales, odian que la gente sea feliz, que se abstengan de ver la versión cinematográfica, incluso que se ahorren esta lectura porque nada de lo que viene a continuación puede interesarles lo más mínimo. Deben ir a verla y continuar leyendo quienes, por encima de todo, esperan pasar un buen --ojo: "buen", no "agradable"-- rato en el cine y salir así de contento [extensión de brazos] después de haber visto una película rodada con ese único propósito.

No pienso adoptar el papel de cinéfilo repelente que reniega de las películas que exhiben sentimientos en estado puro (a pesar de saber que no existen y de que es necesario maquillarlos para una película); ni pienso renegar de los filmes obvios y previsibles que expresan lo que significan (me paso la vida suspirando porque lo hagan), ni de los que hacen de sus carencias virtudes, exhibiéndolas sin complejos. No pienso hacerlo porque todo esto lo hace (y muy bien, por cierto) ¡Mamma mia! (2008).

Desde 1978 --año en que cayó por casa su LP The Album (1977)-- he sido un rendido fan de ABBA, cuyos indiscutibles méritos musicales he acabado reconociendo sin tapujos tras del sarampión de la treintena, cuando la música que te gustó de adolescente es imposible que te gustara entonces y te avergüenzas de confesarlo. Películas como La boda de Muriel (1994) y Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994) prepararon el terreno al espectáculo musical (cuando no lo inspiraron directamente), aunque lo hicieran a costa de quedar asociada su música al petardeo y al ambiente de "drag-queeneo"; de paso, iniciaron la descongelación de mis prejuicios (y los de muchos otros). Ha sido necesario un cambio de milenio y el imparable éxito de público de la versión teatral para demostrar que --como decía Joaquín Luqui-- "ABBA es, ante todo, un estado de ánimo", y sus canciones un sinónimo de buen rollo contagioso, sin dobleces ni ironías ocultas o interpuestas.



¡Mamma mia! plantea un argumento sencillo con una intriga muy básica, lo desarrolla con auténtico ritmo (narrativo) sin perderse en florituras innecesarias y lo culmina con la dosis justa de sorpresa, emotividad y diversión. En él se integran las canciones de ABBA, aunque no en plan números musicales que suspenden momentáneamente la narración (que es lo que hace el musical clásico), sino como parte integrante de las escenas, de manera que la interpretación de la canción casi siempre las resuelve. Otro gran acierto es que, para la versión cinematográfica, su directora --Phyllida Lloyd-- no ha pretendido hacer experimentos raros, sino aprovechar lo que puede aportar el cine (en este caso unas localizaciones y una fotografía espectaculares) para mejorar lo que ya rozaba la perfección como libreto. Aquí no se trata de enlazar con tradiciones más experimentales al estilo Moulin Rouge! (2001) ni convertir --literalmente-- sus letras en el guión de la película, como sucede en Los paraguas de Cherburgo (1964), el musical más ñoño e insoportable de la historia, sino de soltar sin más a los actores para que, con una mínima coreografía y su propio sentido del ritmo, se lancen a versionar los éxitos de ABBA. A Meryl Streep la experiencia le sienta de maravilla: por una vez, los que a pesar de reconocer su talento como actriz seguimos sin soportarla podemos disfrutar de una interpretación suya; finalmente se la ve relajada actuando. A esta mujer le venía haciendo falta una buena... comedia. Colin Firth y Pierce Brosnan, por su parte, encuentran los límites físicos de su versatilidad actoral: al primero, aunque no se le ve cómodo cantando, no parece importarle si hace el ridículo o no, especialmente en el petardo número final (ojo al modelito que viste y cómo le sienta); a Brosnan, en cambio, se le nota incómodo, tieso, encarcarado. Puede que en una comedia no musical el ex-agente secreto diera la talla, pero aquí el género se le atraganta.

Momentos emotivos: todos los que queráis; yo destacaría la escena entre madre e hija mientras ésta se viste para la boda, momento totalmente femenino en el que las mamás de toda edad y condición se emocionan sin remedio (aunque la canción elegida --Slipping through my fingers-- habla originalmente de una niña pequeña en este caso está bien integrada en la escena). Momentos divertidos: todos los que queráis; me quedo con el hiper-optimista arranque con Honey, honey y la incipiente coreografía de Dancing queen. Momentos sensibles: todos los que queráis; yo me quedo con la interpretación de The winner takes it all de la Streep sin más armas que sus recursos de improvisación escénica, a medio camino de la boda de su hija y frente a un acartonado Brosnan que no sé por qué no lo sacan del plano (se le ve sufrir sin saber qué caras poner). Momentos decepcionantes: alguno hay; como la interpretación de Chiquitita o la de Money, money.

Así que ya sabéis: ineludible para los fans de ABBA, para los fans del espectáculo musical del mismo título, para los fans del cine musical y para los fans del buen cine de entretenimiento que obra milagros terapéuticos sobre nuestros niveles de optimismo vital.
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