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domingo, 9 de enero de 2011

La imposibilidad de cambiar el mundo (También la lluvia)

Iciar Bollain parece que ha encontrado su lugar en el cine: directora con oficio, actriz precoz --El sur (1983)-- y guionista ocasional; una creadora todoterreno cuya experiencia e intereses la sitúan entre las mejor capacitadas para sacar al cine español del previsible retroceso temático y mal uso técnico (está rodada en 3D) que supondrá Torrente 4 (2011). Su asociación sentimental y artística con Paul Laverty --uno de los mejores guionistas británicos actuales y colaborador habitual de Ken Loach-- le ha permitido dirigir un filme basado en un material mucho mejor trabajado que otros guiones suyos escritos en colaboración: Flores de otro mundo (1999), Te doy mis ojos (2003), Mataharis (2007).

También la lluvia (2010) podría haber sido el nuevo filme de Loach, pero este detalle resulta irrelevante, puesto que Bollain la ha dirigido con el mismo estilo entre apasionado, lúcido y desencantado de su admirado mentor, al que conoció durante el rodaje de Tierra y libertad (1995). La diferencia es que esta vez el tema --el saqueo español de América en el siglo XV y el de las multinacionales en el XXI-- resulta mucho más cercano al público hispano que los habituales conflictos y dramas políticos de la historia anglosajona.



El filme contrapone el rodaje de un filme acerca del expolio/genocidio español de las colonias recién descubiertas por Colón --ya era hora de que el cine español hablara sin tapujos de este tema-- con la lucha desesperada de un grupo de vecinos (que además intervienen como extras en el rodaje) por el aumento del precio del agua a causa de la privatización del suministro. La mezcla de ambas historias permite presentar los diferentes grados de (falso) compromiso que solemos exhibir al enfrentarnos a situaciones que nos hacen conscientes del diferencial de bienestar que mantenemos con buena parte del mundo que nos rodea, con nuestro egoísmo y nuestra doble moral respecto a lo que entendemos por activismo e implicación en la lucha contra la injusticia y las desigualdades que contribuimos a perpetuar.

No falta nada en este repaso ya conocido por los habituales del cine de Loach: sin ir más lejos, la escena de la asamblea popular, calcada a la que aparece en El viento que agita la cebada (2006) o la misma Tierra y libertad; o el retrato de un mundo incapaz de mejorar debido a la suma de nuestros egoísmos individuales, que se interponen como un muro cuando la cosa amenaza con involucrarnos en exceso. En el haber del tándem Bollain/Laverty hay que reconocer que no cae en la trampa del maniqueísmo, sino que los mismos personajes alternan momentos altruistas con otros lúcidamente egoístas, sin que podamos extraer conclusiones simplistas. El mejor ejemplo: las lágrimas que derrama el director de la película (Gael García Bernal) al leer algunos pasajes de su guión sobre la denuncia del esclavismo de facto que aplicaba la corona de España contrastan con su ceguera ante el drama humano que se desarrolla ante sus narices.

Así somos los occidentales: nos basta un rodaje de tres semanas en un lugar exótico, un rollito con alguna camarera de hotel, aprender cuatro palabritas de su idioma, hacer rimbombantes declaraciones para el making of y regresar a casa presumiendo de militancia y de haber salido modificados para bien de la experiencia. Lo paradójico es que ni Bollain ni su equipo escapan a la maldición de esa solidaridad sin consecuencias que denuncian. La escena de la despedida entre el productor (grandioso Luis Tosar) y el intérprete y líder de la revuelta (Juan Carlos Aduviri) resume perfectamente la doble moral que preside todo el opaco conglomerado formado por ONG, iniciativas empresariales e izquierdismos reciclados de militancia antiglobalización: el primero sabe que, a pesar de su gesto humanitario, no piensa implicarse en una lucha ciertamente justa, pero no puede evitar sentir emoción ante la suerte de Hatuey, que se queda allí --como él mismo reconoce-- «sobreviviendo». Bollain y los demás han hecho su película, la presentarán en festivales en los que se servirán cócteles; y mientras tanto, Aduviri seguirá en su país, malviviendo de los rescoldos de la fama que un rodaje extranjero le reportó. Quizá la única actitud posible sea la del personaje de Karra Elejalde: abiertamente egoísta, pero capaz de despertar de su letargo enolizado para decidir que, si las cosas vienen mal dadas, hay que afrontar determinados riesgos. Y de paso, ofrecer un poco de alcohol a los detenidos.

La película merece la pena por la sinceridad que late tras su dura exposición de actos y motivaciones: el mundo no se puede cambiar y es poco probable que las personas nos pongamos ello movidos por el altruismo (lúcido o ingenuo, tanto da). Hacer una película que lo denuncie es algo de lo poco que se puede hacer para paliar la impotencia de esta amarga verdad.

http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/01/la-imposibilidad-de-cambiar-el-mundo.html Print Friendly and PDF
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