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lunes, 7 de noviembre de 2011

En el mismísimo centro de la narración (Nader y Simin, una separación)

La narración es el arte de contar una historia, y desde luego el iraní Asghar Farhadi está dotado como pocos para narrar mediante imágenes. Lo digo porque Nader y Simin, una separación (2011) es un filme con un guión que roza la perfección, rodado con ese aplomo que requiere colar al espectador cuantas trampas sean necesarias para quebrar sus expectativas. Pero no me refiero a la típica vuelta de tuerca hacia el final que modifica el significado de todo lo visto hasta entonces, sino un quiebro detrás de otro, provocando que cada protagonista adquiera un nuevo matiz, cada vez más contradictorio y, por tanto, cada vez más humano. Un gran, gran filme que retrata con perfección el mundo imperfecto que es el Irán contemporáneo.

Farhadi es un cineasta con una sólida preparación teatral --y eso ne nota, y mucho, en sus películas-- cuyo estilo y enfoques temáticos desmienten muchos tópicos sobre el cine, la sociedad y la práctica cotidiana del islam en el Irán contemporáneo. Su desembarco en Occidente se produjo por la puerta grande: A propósito de Elly (2009) se llevó el premio al mejor director en Berlín ese año, además de una buena acogida de la crítica. A diferencia del kurdo Bahman Ghobadi --director de Marooned in Iraq (2002) y la revulsiva Nadie sabe nada de gatos persas (2009)--, Farhadi no encaja en el perfil de cineasta disidente cuyo apoyo y éxito occidentales se usan en ocasiones como sutil instrumento político para degradar la imagen de un gobierno hostil e incómodo. La diferencia: su clasicismo dramático, que le permite tocar temas incómodos para el régimen y bordear los límites de lo políticamente correcto. Los conflictos humanos, resueltos de forma brillante respecto a la narración, no al argumento, son el objetivo último de su cine; el drama sólidamente construido, no la denuncia ni la reivindicación. En esa asincronía política y estilística, Farhadi me recuerda mucho al Carlos Saura del tardofranquismo.



La historia comienza con Nader y Simir (los protagonistas) acudiendo al tribunal para solicitar el divorcio: ella quiere ir al extranjero porque --como mujer, aunque esto no se puede decir-- allí tendrá más oportunidades. Pero quiere llevarse a su hija de once años, y para eso necesita el permiso del padre, que se resiste a dejarlas marchar. Nader se opone porque necesita que alguien --su mujer, aunque esto tampoco se puede decir-- cuide de su anciano padre, enfermo de Alzheimer. A partir de ahí, una cotidiana e impensable cadena de acontecimientos provoca constantes vaivenes en nuestra percepción de cada protagonista: al principio Nader parece un buen hombre y Simin una egoísta, pero luego todo cambia y parece más bien al revés; más adelante, con la entrada de nuevos personajes, la cosa vuelve a cambiar, y luego otra vez, con nuevos sucesos que vuelven a modificar nuestras impresiones. Cada personaje hace un complejo recorrido que incluye la necesidad, la conveniencia, la piedad y la vergüenza de admitir ante los hijos sus propias miserias; mientras tanto, el espectador salta de uno a otro en sus preferencias, esperando en vano que la historia designe un protagonista íntegro. Todo ello narrado a una velocidad considerable, sin recrearse en paradojas ni enfatizar el drama barato. Las escenas y las conversaciones son suficientes para provocar el interés. Nader y Simin, una separación es de esa clase de películas que adoro: te llevan, te traen, te dan mil vueltas y al final te dejan muy cerca de donde empezaste, a pesar de que creías que estabas muy lejos.

Además del guión sólido y el tratamiento ágil, desde nuestro punto de vista occidental, cabe destacar otro elemento extracinematográfico, que también es un mérito de Farhadi, no de nuestra mirada como espectadores culturalmente ajenos: a la intriga principal, manejada con auténtico sentido del suspense, se superpone un minucioso y fiel retrato de la sociedad iraní actual. Irán es un país moderno, con una clase media fuertemente occidentalizada en lo que se refiere al estilo de vida, pero bajo esa fachada sigue fluyendo --y actuando-- una moral férreamente patriarcal en la que la mujer no puede hacer literalmente nada sin el permiso del hombre (llevarse una hija al extranjero, cambiar a un anciano, ir a trabajar fuera de casa). Una sociedad en apariencia moderna en la que el machismo asoma en cada revuelta del argumento y de la vida cotidiana, igual que sucedía en A propósito de Elly: siempre pequeñas transgresiones en forma de leyes y tradiciones ancestrales cuyo correlato práctico actúa como una ética pública en lugar de una moral privada. Y finalmente la religión: jurar por el Corán sigue siendo, en caso de litigio y duda, el último criterio de verdad aceptado por unanimidad. Así, cuando la justicia ordinaria es incapaz de establecer lo sucedido o designar un culpable, el juramento por el libro sagrado debe servir a los litigantes para resolver sus diferencias al margen del sistema. Igual que sucedía en su anterior filme, esta extraña mezcla de modernidad y desigualdad que es el Irán actual es el escenario perfecto para las ficciones de Farhadi. Me pregunto cómo encajarían sus magníficos dramas en un país donde ese contraste no fuera tan acusado. Si eliminamos esta paradoja, creo que buena parte de su valor dramático se evaporaría como gotas de agua en un volcán.

La escena final (un retorno al inicio pero con una mirada más compleja, como exige toda narración clásica) está resuelta con auténtica maestría: una mezcla de sentimientos mediante un uso inteligente del suspense cinematográfico en estado puro, incluyendo un ingeniosísimo truco que hace que el público quede clavado mientras pasan los créditos. Una escena antológica para cerrar un filme en el mismísimo centro de la narración.


http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/11/en-el-mismisimo-centro-de-la-narracion.html Print Friendly and PDF
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