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lunes, 12 de diciembre de 2011

Cortocircuitos verbales no representativos (Un dios salvaje)

Los filmes que combinan argumentos basados en el duelo actoral no son nuevos, si acaso son francamente escasos hoy día. Lo habitual era que --allá por los sesenta y setenta del siglo XX-- partieran de un original teatral a los que se le añadía un reparto de indiscutible primera fila. No voy a detenerme en el tema de las adaptaciones teatrales y la conveniencia o no de «airear» los guiones, así que entro directamente a la adaptación que hizo Polanski de la obra de Yasmina Reza durante su detención en Suiza. En primer lugar el texto: los argumentos que reunen a unos personajes en un ambiente cerrado suelen ser una excusa para desmenuzar o reivindicar un tema universal; se trata de textos con un marcado esquema interno: declaraciones dramáticas, revelaciones sorprendentes coincidiendo con pausas formales, monólogos de alta factura literaria... El espectador siempre sabe dónde se encuentra en cada momento gracias a que esos instantes venían formalmente enfatizados por una tradición teatral e interpretativa, convenientemente trasplantada al entorno cinematográfico. No hay nada de esto en la obra de Reza, que consiste básicamente en un desparrame verbal completamente desordenado. No lo digo como un demérito, sino al contrario: es una reacción normal tras demasiados años de dramas universalizantes y profundos perfectamente estructurados. En Un dios salvaje (2011), se trata de enfrentar a dos parejas con estilos de vida e ingresos disímiles que se ven obligadas a tratar un asunto de violencia entre sus respectivos hijos (de apenas once años). Ante la necesidad --sobre todo social-- de arreglar las cosas, de forma imprevista, asistimos a una disección en bruto --sin orden ni pausas ni monólogos ni florituras literarias-- de las contradicciones interiores que atenazan al urbanita occidental contemporáneo, las cuales muy probablemente se encuentran detrás de muchos comportamientos externos aparentemente inexplicables. Si, de paso, se pone de vuelta y media a ciertas tipologías políticas y sociales, pues mucho mejor. Uno sale con la sensación de haber ajustado cuentas con una época que es la nuestra y que, sin embargo, no reconocemos como propia.



El trabajo de Polanski es sencillamente impecable: prólogo y epílogo resueltos con una originalidad y una eficacia pasmosas, una banda sonora (únicamente en esos dos fragmentos) brillante, y un cuarteto protagonista a la altura de tanta expectativa de universalidad. Polanski sitúa a los actores en una situación aparentemente temporal --se despiden tras una breve visita formal de disculpas por la agresión de su hijo; de ahí las referencias a El ángel exterminador (1962) de Buñuel-- que nunca acaba de completarse, acrecentando la sensación de que todo lo que se dice es banal, como las frases que solemos usar en las despedidas comprometidas. Esa demora de casi veinte minutos (el tiempo tras el que deciden quedarse) equivale a evitar que el espectador --que sabe de qué va la historia-- se acomode. Es un truco muy parecido al que señalaba Hitchcock en su famosa entrevista con Truffaut: en un filme, cuando empieza un juicio, como podemos anticipar cómo se desarrollará la acción, nos relajamos, como si estuviéramos en el descanso de un partido; por eso no le gustaba intercalar escenas de juicios, o en todo caso las despachaba rápido. Esa eterna despedida contribuye a tensar la situación, mantiene al espectador a la expectativa y aporta naturalidad al enfrentamiento que se avecina. Un recurso dramático de primera categoría que define a un maestro de la narración. Pero eso no es todo: cuando finalmente se produce el choque los bandos no se establecen a partir de un único debate ni con unos contendientes claros: los protagonistas juegan solos, o buscan aliados temporales, en función de los temas en disputa. Las reacciones son inesperadas (algunas de ellas muy fisiológicas), pero nunca sin que el texto trate de sintetizar o reconducir el diálogo hacia nada que parezca una recapitulación abstracta o una moralina al uso. En esto Polanski también sabe sortear la lógica tentación de focalizar el drama en la interpretación: no hay frases rimbombantes pronunciadas en primer plano, ni desahogos no interrumpidos por el resto de personajes... Todo eso que el cine y el teatro más clásicos solían explotar en este tipo de adaptaciones en Un dios salvaje está cuidadosamente omitido: todo consiste en un imprevisible intercambio de reproches y puyas en el que cada cual dispara indiscriminadamente contra el resto (la responsabilidad paterna, las relaciones de pareja, la falsa conciencia comunitaria, el machismo, el egoísmo conyugal...). En definitiva: un completo catálogo de miserias occidentales. No hay tiempo para procesar cada tema, porque el argumento fluye sin esperar al espectador, ya de por sí abrumado por el cuidadoso tratamiento técnico que requiere la filmación en un espacio tan limitado: planos sostenidos, giros imprevistos, desplazamientos ágiles por los pasillos y, especialmente, el uso inteligente de los espejos como recurso para dar más énfasis a la presencia física de la cámara en medio de los personajes, incluso para aumentar la sensación de encierro.

La película me recuerda en muchos aspectos a Dublineses (1987), el testamento cinematográfico de John Huston: no por lo que tiene de balance de una filmografía fundamental, ni de adaptación modélica del relato de James Joyce, ni por ir a verla sabiendo que ya nos había abandonado (no es el caso). Es más bien la misma combinación de vida azarosa (incluyendo en el caso de Polanski destierros y desgracias familiares) de un cineasta todoterreno que, de pronto, acaba revestido por un aura de maestría que se suele otorgar hacia el final de la vida artística. Con Un dios salvaje se ha producido la misma unanimidad, la misma rendición ante el manejo de los recursos técnicos y narrativos. Pero también es por la película que estrena: resuelta con una dosificación perfecta de significación y pulcritud técnica, una simplicidad que en realidad esconde una compleja planificación y que no puede dejar indiferente a quienes la disfrutan.


http://sesiondiscontinua.blogspot.com/2011/12/cortocircuitos-verbales-no.html Print Friendly and PDF
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